Bien sabrás hoy disculpar mi torpeza en dos sentidos: en primer lugar, porque voy a tratar un tema ajeno, aunque no del todo, al blog. En segundo lugar, porque mi estado emocional me empuja a emplear un lenguaje ligeramente subido de tono.
Jordi Savall ha rechazado el Premio Nacional de Música. Me juego las pelotas a que cualquiera de mis colegas de profesión que lo conozcan habían pensado, igual que yo, que ya lo tenía. Jamás habría pensado en él al fallarse el máximo galardón musical de nuestro país, precisamente porque debería tenerlo ya, pero hete aquí que no lo tenía. Y lo ha rechazado, provocando aplausos entre los de mi gremio. También ha provocado, como era natural en este país de mediocres porculizados, algunas críticas por las suculentas subvenciones que se supone que el galardonado habría recibido, o por ser catalán, o por lo confuso de su nota de rechazo y blablabla. El caso es desviar la atención a lo que le importa a tu sagrado culo.
Mi primera reacción fue la misma que la de la mayoría: "olé sus cojones ahí", pensé, y le empecé a dar vueltas. Él habla del patrimonio musical español, al que ha dedicado la mayor parte de sus desvelos y de su vida, y de los pocos esfuerzos que ha puesto en ello este gobierno; habla también de los museos, del patrimonio artístico en general. Y caí en la cuenta de que uno de los pilares de su denuncia es el agravio comparativo que existe entre lo que el gobierno dedica a conservar el patrimonio pictórico, arquitectónico, escultórico, y lo que dedica al patrimonio musical.
Y yo, que soy el primero que les he repetido a mis alumnos hasta que se me han caído los pelos del ojal que lo más grande que ha dado España a la cultura musical de la Humanidad está en el siglo XVI (y antes), he acabado calado de vergüenza hasta los huesos. Vergüenza me ha dado no haber caído todos estos años en la cuestión y no haber denunciado antes este terrorífico desatino: que mucho ponemos para proteger y exhibir a El Greco, por poner un ejemplo gordo, pero luego no tenemos ni puta idea de quiénes fueron Victoria, Morales, Guerrero, Cabezón, los siete vihuelistas, los Flecha, Enzina, Vázquez y la madre que parió a todos.
Lo siento, se me quitaron las ganas de aplaudir, porque no pienso que esta responsabilidad sea exclusiva competencia de esta panda de subnormales incompetentes. Es también mía como músico y Savall me señalaba indirectamente y con razón. No soy el que pone pasta, pero soy quien tiene que conocer el problema y transmitir conciencia.
Me consuela saber que él sabe de qué va el percal porque se mueve en ese ajo. Le agradezco que me haya abierto los ojos con un gesto tan demoledor y una carta tan aparentemente normal.
Y a ti por quedarte conmigo hasta el final.