lunes, 27 de octubre de 2014

Llegar a terminar "Mirarte otra vez" (1)

Llegar a terminar una obra de teatro de duración media no parece una tarea tan costosa como escribir una novela de duración media, que normalmente contiene más palabras; menos costosa aún parece la tarea de escribir un libro de poemas. Ahora bien, comparemos "El código Da Vinci" con "Macbeth" con el "Romancero gitano". Es evidente, si vamos más allá de lo superficial, que tendemos demasiado alegremente a medir las cosas, y el arte en particular, al peso. Independientemente del trabajo requerido para crear una obra, el resultado es al final lo que cuenta. Si el arte dependiera del trabajo previo del artista, a Mozart la Historia lo tendría olvidado por su facilidad para la música, por la falta de mérito que podría tener, en su caso, escribir una sinfonía. Estos asuntos los trataremos más adelante; esbozaré ahora mi postura acerca del proceso de creación de una obra literaria; también musical, con "Mirarte otra vez" como epicentro.

De repente sentí, hacia la primera mitad de 2013, un fuerte impulso creativo, que no sabía por dónde salir y que terminó consistiendo, entre otras cosas, en retomar aquella facilidad para escribir que siempre he tenido y que, tras varios intentos adolescentes, había abandonado. No conocía aquella facilidad sólo por mí, sino también porque desde fuera me lo señalaban: "tío, escribes bien". Eso es lo primero que hace falta, corrección técnica. Lo segundo es tener algo que contar y, sobre todo, una manera particular de contarlo. Y no necesariamente tiene por qué ser aquello que se llama "estilo" o "estilo propio", o "hacer las cosas a la manera de". Hace tiempo que no me preocupa nada la búsqueda de una individualidad, personalidad o estilo propios: me limito a poner ahí lo que pudiera ser interesante, lo cual incluye el plagio (que para mí es una bella palabra, en absoluto condenable), lo bonito, lo feo y hasta lo hortera si se da el caso.

Tampoco hace falta una buena historia, una genial idea con gancho irresistible, un mega giro argumental súper sorprendente de la muerte y la omnipotente inspiración acariciándote el colodrillo en cada palabra. En lugar de eso siéntate a escribir, a planear, a trabajar, a revisar, retocar, perfilar para conseguir un resultado refinado y el resto que venga cuando quiera. No tiene nada de especial la idea de escribir sobre un zumbado que se cree caballero andante, salvo que a esa idea le des profundidad. Y todos sabemos que Beethoven partió de una idea muy tonta (sol-sol-sol-mib...) para escribir aquella sinfonía tan tremenda.

Llegué a terminar "Mirarte otra vez" porque tengo muy presentes esos pensamientos, porque es ley física que el arte no puede estar esperando a ni dependiendo de esa musa caprichosa llamada inspiración.

Otro día, más.

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