viernes, 31 de octubre de 2014

Jordi Savall, el rechazo al Premio Nacional de Música y el patrimonio musical español

Bien sabrás hoy disculpar mi torpeza en dos sentidos: en primer lugar, porque voy a tratar un tema ajeno, aunque no del todo, al blog. En segundo lugar, porque mi estado emocional me empuja a emplear un lenguaje ligeramente subido de tono.

Jordi Savall ha rechazado el Premio Nacional de Música. Me juego las pelotas a que cualquiera de mis colegas de profesión que lo conozcan habían pensado, igual que yo, que ya lo tenía. Jamás habría pensado en él al fallarse el máximo galardón musical de nuestro país, precisamente porque debería tenerlo ya, pero hete aquí que no lo tenía. Y lo ha rechazado, provocando aplausos entre los de mi gremio. También ha provocado, como era natural en este país de mediocres porculizados, algunas críticas por las suculentas subvenciones que se supone que el galardonado habría recibido, o por ser catalán, o por lo confuso de su nota de rechazo y blablabla. El caso es desviar la atención a lo que le importa a tu sagrado culo.

Mi primera reacción fue la misma que la de la mayoría: "olé sus cojones ahí", pensé, y le empecé a dar vueltas. Él habla del patrimonio musical español, al que ha dedicado la mayor parte de sus desvelos y de su vida, y de los pocos esfuerzos que ha puesto en ello este gobierno; habla también de los museos, del patrimonio artístico en general. Y caí en la cuenta de que uno de los pilares de su denuncia es el agravio comparativo que existe entre lo que el gobierno dedica a conservar el patrimonio pictórico, arquitectónico, escultórico, y lo que dedica al patrimonio musical.

Y yo, que soy el primero que les he repetido a mis alumnos hasta que se me han caído los pelos del ojal que lo más grande que ha dado España a la cultura musical de la Humanidad está en el siglo XVI (y antes), he acabado calado de vergüenza hasta los huesos. Vergüenza me ha dado no haber caído todos estos años en la cuestión y no haber denunciado antes este terrorífico desatino: que mucho ponemos para proteger y exhibir a El Greco, por poner un ejemplo gordo, pero luego no tenemos ni puta idea de quiénes fueron Victoria, Morales, Guerrero, Cabezón, los siete vihuelistas, los Flecha, Enzina, Vázquez y la madre que parió a todos.

Lo siento, se me quitaron las ganas de aplaudir, porque no pienso que esta responsabilidad sea exclusiva competencia de esta panda de subnormales incompetentes. Es también mía como músico y Savall me señalaba indirectamente y con razón. No soy el que pone pasta, pero soy quien tiene que conocer el problema y transmitir conciencia.

Me consuela saber que él sabe de qué va el percal porque se mueve en ese ajo. Le agradezco que me haya abierto los ojos con un gesto tan demoledor y una carta tan aparentemente normal.

Y a ti por quedarte conmigo hasta el final.

lunes, 27 de octubre de 2014

Llegar a terminar "Mirarte otra vez" (1)

Llegar a terminar una obra de teatro de duración media no parece una tarea tan costosa como escribir una novela de duración media, que normalmente contiene más palabras; menos costosa aún parece la tarea de escribir un libro de poemas. Ahora bien, comparemos "El código Da Vinci" con "Macbeth" con el "Romancero gitano". Es evidente, si vamos más allá de lo superficial, que tendemos demasiado alegremente a medir las cosas, y el arte en particular, al peso. Independientemente del trabajo requerido para crear una obra, el resultado es al final lo que cuenta. Si el arte dependiera del trabajo previo del artista, a Mozart la Historia lo tendría olvidado por su facilidad para la música, por la falta de mérito que podría tener, en su caso, escribir una sinfonía. Estos asuntos los trataremos más adelante; esbozaré ahora mi postura acerca del proceso de creación de una obra literaria; también musical, con "Mirarte otra vez" como epicentro.

De repente sentí, hacia la primera mitad de 2013, un fuerte impulso creativo, que no sabía por dónde salir y que terminó consistiendo, entre otras cosas, en retomar aquella facilidad para escribir que siempre he tenido y que, tras varios intentos adolescentes, había abandonado. No conocía aquella facilidad sólo por mí, sino también porque desde fuera me lo señalaban: "tío, escribes bien". Eso es lo primero que hace falta, corrección técnica. Lo segundo es tener algo que contar y, sobre todo, una manera particular de contarlo. Y no necesariamente tiene por qué ser aquello que se llama "estilo" o "estilo propio", o "hacer las cosas a la manera de". Hace tiempo que no me preocupa nada la búsqueda de una individualidad, personalidad o estilo propios: me limito a poner ahí lo que pudiera ser interesante, lo cual incluye el plagio (que para mí es una bella palabra, en absoluto condenable), lo bonito, lo feo y hasta lo hortera si se da el caso.

Tampoco hace falta una buena historia, una genial idea con gancho irresistible, un mega giro argumental súper sorprendente de la muerte y la omnipotente inspiración acariciándote el colodrillo en cada palabra. En lugar de eso siéntate a escribir, a planear, a trabajar, a revisar, retocar, perfilar para conseguir un resultado refinado y el resto que venga cuando quiera. No tiene nada de especial la idea de escribir sobre un zumbado que se cree caballero andante, salvo que a esa idea le des profundidad. Y todos sabemos que Beethoven partió de una idea muy tonta (sol-sol-sol-mib...) para escribir aquella sinfonía tan tremenda.

Llegué a terminar "Mirarte otra vez" porque tengo muy presentes esos pensamientos, porque es ley física que el arte no puede estar esperando a ni dependiendo de esa musa caprichosa llamada inspiración.

Otro día, más.